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Aldeas y Agricultores
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 El Horizonte Preclásico (2,500 -250 a.C.)

El Preclásico Inferior. El sistema de vida basado en la caza y la recolección trashumante constituyó un adelanto respecto a la anterior forma de vida, donde la única actividad era la cacería; aunque impuso serias limitaciones para el desarrollo de los grupos humanos. La posibilidad de subsistencia dependía de lo que la naturaleza ofreciera espontáneamente, los frutos y raíces o los animales para la cace ría. La presencia de ciertos recursos disponibles en una región determinada imponía a la banda un límite en su crecimiento demográfico, pues la sobre explotación de dichos recursos llevaría irremediablemente a su desaparición. Además, el continuo movimiento que imponía esta forma de vida limitaba la elaboración de objetos con materiales relativamente frágiles, lo cual condicionó su uso a lo mínimo indispensable.

Esta forma de vida sufrió una radical transformación durante el tercer milenio a. C., cuando los grupos humanos se volvieron sedentarios y empezaron a manejar una agricultura incipiente e inventaron la cerámica. Estos tres hechos pusieron al hombre en el camino del dominio de la naturaleza, en el camino de la civilización.

El sedentarismo, es decir, el establecimiento permanente de los grupos en un sitio, únicamente pudo darse cuando existió (a seguridad de conseguir alimento suficiente en una región o lugar determinado. Esta posibilidad solamente la pudo brindar la agricultura, que no es otra cosa que la repetición controlada de los procesos naturales de germinación de las plantas. El aprendizaje requerido para llegar a este control fue largo, seguramente de varios cientos de años, durante los cuales los recolectores, en su cotidiano manejo de semillas y raíces, pudieron observar y aislar en su mente, paulatinamente, las diferentes fases que seguía el desarrollo vegetal.

Las evidencias más antiguas de agricultura, en Mesoamérica, proceden de Tamaulipas, en la Fase Ocampo (5,000 - 3,000 a. C.), donde se han localizado semillas de calabaza y de fríjol; de manera similar, el Valle de Tehuacan, en su Fase Abejas (3,400 - 2,300 a. C.), presenta una evidencia definitiva de agricultura; mientras que en el sureste de México parecen existir agricultores incipientes desde 2,500 a. C.

Hay que tener presente que la importancia de la agricultura en la vida de las comunidades en sus primeras etapas fue muy pequeña, ya que los niveles productivos eran mínimos. Solamente después de muchas generaciones, las variedades silvestres pudieron ser mejoradas. La mayor productividad permitió entonces que la caza y la recolección ocuparan un lugar secundario en la dieta de las comunidades. Para el fin del segundo milenio antes de nuestra era, la agricultura ya se había generalizado a Mesoamérica.

Quizá la consecuencia más importante, derivada de la agricultura, fue la posibilidad de producir más de lo que se consumía. A diferencia de la recolección y de la caza (que son actividades muy inseguras desde el punto de vista cuantitativo), la producción agrícola, a medida que aumentaba el dominio de la técnica, posibilitó altos niveles productivos y trajo como consecuencia directa un aumento en la población y en la existencia de personas dedicadas a actividades no directamente productivas, alimentadas con los excedentes. De esta manera surgieron grupos de individuos que paulatinamente se especializaron en la producción de diversos artículos, servicios, o en aspectos relacionados con el ceremonial religioso. Así, la comunidad igualitaria de las bandas fue superada y cedió su lugar a una jerarquización de los miembros de la comunidad, de acuerdo con la posición de cada uno dentro del proceso productivo y, por lo tanto, con la posibilidad de beneficiarse del excedente producido. En otras palabras, surgió la estratificación social.

Otro notable avance logrado durante la parte final del Arcaico y concretado en el Preclásico Inferior fue la invención de la cerámica. Fabricadas a partir de arcilla, las formas que podían adquirir los objetos de barro eran prácticamente infinitas, y únicamente dependían de la habilidad del artesano. Este invento permitió aumentar y diversificar el utillaje doméstico. Además, se desarrolló una serie de modelos utilizados para fines ceremoniales o para satisfacer las necesidades las clases altas. De este material se fabricaron adornos, instrumentos musicales, vasijas, figuras antropomorfas, animales, malacates, etc. Sin embargo, la utilidad de la cerámica sólo pudo manifestarse cuando el sedentarismo se hizo presente, ya que los objetos de barro, relativamente frágiles, no eran prácticos en condiciones de continua movilidad.

Para el hombre, la consecuencia más importante que trajo consigo la adopción de la agricultura y el sedentarismo fue, quizá, la posibilidad de disponer de tiempo libre. El ciclo agrícola tenía periodos entre la siembra y la cosecha, en los cuales el cultivador únicamente requería vigilar la milpa de los animales depredadores. Esto le permitió dedicarse, por primera vez en su historia, a otras actividades no necesariamente vinculadas de una manera directa con la consecución de alimentos, es decir, tuvo tiempo de pensar y meditar. Es así como los fenómenos naturales, y en general el ambiente, comenzaron a ser racionalizados de una manera más o menos sistemática. Ello dio lugar al surgimiento de una cosmogonía y una mitología que más adelante se convertirían en religiones formales. El tiempo libre estimuló también la creación artística, que permitió desarrollar estilos y manufacturas más complejas.

Todo este proceso de transformación se suscitó probablemente en el periodo comprendido entre 3,000 y 2,500 a. C., fecha, esta última, en la cual ya encontramos en el sureste de México evidencia clara de pequeñas aldeas o villas de agricultores, que conocieron la cerámica y comenzaron a estructurarse en una sociedad no igualitaria.

El asentamiento más antiguo registrado con estas características se encontró en el norte de Belice, en el sitio denominado Cuello. En este lugar se localizaron restos de una comunidad aldeana, en cuyo nivel más antiguo se pudo identificar una pequeña y baja plataforma circular totalmente revestida de estuco. En su parte superior presenta varias perforaciones que contuvieron postes (hoy desaparecidos) que sostuvieron una estructura de palma y madera. Esta plataforma fue remodelada varias veces. Al frente del inmueble se excavaron varios huecos para contener fogones alineados, y junto a ellos se encontraron vasijas de cerámica. Posteriormente, se edificó un grupo de plataformas que conformaron una pequeña plaza.

La cerámica fabricada por estos aldeanos es la más temprana conocida en Mesoamérica. Consiste en jarras, cuencos y platos pintados en color rojo, y algunos decorados con incisiones bajo el borde con motivos geométricos y curvilíneos. También se utilizó la técnica decorativa mediante el raspado de los adornos.

A pesar de la fecha que tenemos para este material (2,500 a. C.) las características que presenta no son las de una cerámica primitiva o "experimental", sino que puede apreciarse un cierto dominio técnico, lo que nos hace suponer que aún no encontramos la cerámica más temprana.

Si comparamos el material de Cuello con el de otras tradiciones alfareras, en nuestro país, veremos que hay una gran diferencia. En el Valle de Tehuacan, en Puebla, se ha reportado cerámica en la Fase Purrón (2,300 a. C.) y en el estado de Guerrero, en Puerto Marqués, se identificó otra llamada "pox", con una fecha de 2,400 a. C. Estos tiestos reúnen características realmente primitivas, y evidencian una derivación inmediata a partir de vasijas fabricadas en piedra.

En cambio, la cerámica de Cuello presenta un amplio rango de formas y técnicas decorativas, y no se manifiesta ninguna relación con ellas.

Se ha planteado la posibilidad de que este material haya derivado de una tradición cerámica sudamericana aparecida casi mil años antes.

En efecto, en el sitio de Valdivia, en Ecuador, se ha reportado una cerámica que data de 3,200 a. C., aproximadamente; y en Puerto Hormiga, Colombia, un material dentro de la misma tradición está fechado en 3,090 a. C. Es posible que la cerámica beliceña tenga ahí su origen.

La existencia de diversos enterramientos humanos en la aldea de Cuello nos indica la preocupación en el más allá, y las ofrendas asociarlas a algunos de ellos parecen sugerir cierta diferenciación entre los miembros de la comunidad. El más temprano de estos enterramientos se encuentra bajo un piso de estuco, a un lado de las plataformas. Contiene los restos de un individuo adulto joven, de sexo femenino, colocado en forma flexionada. El cráneo fue sometido a deformación y se encontraron como ofrenda dos vasijas de cerámica, una de ellas sobre la cabeza, además de cuentas de concha.

Un poco más tardíamente, hacia el año 2,000 a. C., aparecieron en el sureste de México otras tradiciones cerámicas, representativas de comunidades aldeanas con agricultura incipiente. Se trata de la Fase Barra, en la costa de Chiapas, a partir de (a cual se desarrolló después la Fase Ocós, que posteriormente se extendió hacia las tierras altas mayas.

El Preclásico Medio. El periodo comprendido entre los años 1,500 y 400 a. C. se puede caracterizar por un crecimiento paulatino de las comunidades dentro del marco socio-económico alcanzado durante el Preclásico Interior. Es decir, que las aldeas y villas, al mejorar las técnicas agrícolas, incrementaron el proceso de diferenciación entre las clases sociales.

Este panorama, generalizado en Mesoamérica, tuvo como excepción la planicie costera del sur de Veracruz y del norte de Tabasco, en donde algunas aldeas, por circunstancias no del todo explicadas, crecieron de una manera acelerada y dieron origen a la primera civilización mesoamericana. Esta civilización, conocida como olmeca, ejerció una influencia definitiva en el desarrollo de Mesoamérica.

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